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El shock geopolítico-energético sigue activo

Por: Dacker Gonzales

Las noticias importan, pero no por sí solas. Importan por el lugar que ocupan dentro de una estructura económica ya debilitada. Hoy el conflicto con Irán sigue siendo económicamente relevante porque el cese al fuego continúa siendo frágil, las conversaciones no han estabilizado plenamente el frente y persisten riesgos sobre el Estrecho de Ormuz, la seguridad energética y las cadenas de suministro. Reuters reporta que ministros de finanzas advirtieron que una reanudación de los combates o una interrupción en Hormuz amenazaría la seguridad energética global y las supply chains, mientras la propia evolución del mercado petrolero refleja escepticismo sobre una normalización rápida del tránsito y de la oferta.

Ahora bien, la guerra no crea el problema de fondo. El problema de fondo ya existe antes del shock. La fragilidad proviene de una estructura de capital previamente deformada por expansión crediticia, tasas artificialmente bajas y proyectos iniciados como si hubiese más ahorro real del que en verdad existe. En otras palabras, el shock no cae sobre una economía sana, sino sobre una economía cuya coordinación intertemporal ya era débil y cuya continuidad depende de que el crédito siga fluyendo. Lo que hace el shock geopolítico-energético es tensionar esa estructura preexistente. No la crea, la pone a prueba.

La energía ocupa un lugar decisivo dentro de esa lógica porque no es un bien marginal, sino un insumo transversal. Cuando la energía se encarece, no “aparece inflación general” de forma automática. Lo que aparece primero es un cambio en los precios relativos. Producir cuesta más. Transportar cuesta más. Asegurar cargamentos cuesta más. Mantener operativa una cadena de suministro cuesta más. El efecto inicial, por tanto, no es monetario sino real, se encarece la estructura de producción. La advertencia de la Comisión Europea sobre un shock energético prolongado y la evaluación de Rystad, según la cual los daños a activos energéticos en Medio Oriente desvían recursos, retrasan proyectos y no añaden nueva capacidad, encajan exactamente con esta lectura.

Ese encarecimiento de la estructura productiva comprime márgenes. Algunas empresas podrán trasladar parte del mayor costo. Otras no. Algunas mantendrán producción. Otras pospondrán inversión o dependerán más del crédito para sostener operaciones que ya venían ajustadas. Aquí está el punto central, el shock no “destruye” una economía robusta; revela qué inversiones, qué procesos y qué márgenes solo parecían sostenibles bajo condiciones artificialmente benignas. Por eso el golpe es especialmente serio en los proyectos largos, intensivos en tiempo y dependientes de continuidad financiera. La estructura de producción empieza a tensarse precisamente porque el shock golpea un insumo básico en una economía ya cargada de compromisos intertemporales frágiles.

La siguiente etapa no es todavía inflación general, sino presión política y financiera. El encarecimiento de la energía debilita crecimiento, reduce rentabilidad y eleva la vulnerabilidad de empresas y hogares. En ese punto surge la tentación de la respuesta monetaria y fiscal. Esto es más liquidez, más déficit, más apoyo crediticio, más disposición a evitar quiebras visibles. Ahí se vuelve decisiva la distinción, la energía cara no infla por sí sola todo el sistema; empuja al sistema a buscar una salida inflacionaria. Solo si la autoridad acomoda esa presión con expansión monetaria o crediticia, la alteración inicial de precios relativos puede traducirse en una inflación más amplia. Eso es precisamente lo que hoy preocupa al FMI, que un conflicto prolongado eleve energía y alimentos, endurezca las condiciones financieras y aumente el riesgo de respuestas fiscales y monetarias más costosas.

Pero el punto realmente decisivo, no está en el precio del petróleo en sí mismo, sino en el crédito. El shock geopolítico-energético se vuelve sistémico cuando deja de ser solo un problema de costos y pasa a dificultar la refinanciación. La secuencia correcta no es energía, luego inflación y luego crisis, como si los costos por sí mismos causaran un alza general de precios. La secuencia correcta es esta, empiza en energía más cara, alteración de precios relativos, compresión de márgenes, debilitamiento de proyectos largos, presión sobre la autoridad para acomodar, y, si el problema persiste, deterioro del funding, spreads más altos y rollover más difícil. Solo entonces el shock deja de ser una perturbación sectorial y se transforma en un detonante de crisis.

Eso explica por qué el mercado sigue tan sensible a Hormuz y a la trayectoria del petróleo. Barclays ve riesgos alcistas para Brent si no se normalizan los flujos, y Goldman reconoce que la incertidumbre geopolítica puede mover de forma importante los precios del crudo en 2026. El mercado no está reaccionando simplemente a un commodity; está reaccionando al activo que más fácilmente puede trasladar una tensión real hacia toda la estructura productiva y, más tarde, al sistema financiero.